SUMERGIÉNDOME EN AGUAS DEL
ATLÁNTICO
Hoy tengo un soberbio deseo de penetrar en esas
corrientes limpias del Atlántico y que mejor que bañándome en las reposadas
aguas de los Acantilados de los Gigantes, acompañado por Mingo.
Nos animamos, un día mas, y decidimos ir para el Sur. Allí poniéndonos los
atuendos y comprobando que los alvéolos pulmonares respondían, hicimos nuestro
primer descenso.
El fondo de arena, todo parecía estar preparado para
una aventura desconocida, pero yo necesitaba aún más plomo para equilibrar la
presión. En ese momento observé un raro pez que llamaba mi atención,
atrayéndome, jamás había visto un ejemplar igual, era como un hombre en
miniatura y que se deslizaba con rapidez hacia una cueva tapada por un gran
peñasco lleno de corales, junto al acantilado. Aunque necesitaba aire, me llevó
la curiosidad y fui hacia allá, alejándome de mi compañero. Por unos minutos
rebusqué a mi alrededor, para obtener la posibilidad de encontrar de nuevo a
tan extraña criatura.
De repente me vi situado bajo una cascada enorme que
al mirarla, se transformaba en efluvios luminosos. Parecía que las Ondinas se
materializaban tomando forma con sus mejores vestidos centelleantes. Y se
profundizaban en lo más oculto del Mar; a medida que iba sumergiéndome me
sentía rodeado por un “espacio acuático”, inquieto, multicolor y donde al
moverme podía jugar con Ellas, acariciarlas, sonreír…Surgía de mi interior algo
inexplicable, que me hizo, en segundos, ver la similitud con el Espacio. Fuera,
del agua, también, todo está invadido de pequeñísimas “motas” de color,
visiblemente identificables unas de otras y en continuo ir y venir, y en su
reacción de crecimiento y en su acción de saber, de conocerse, de contemplarse
unas a otras van allanando el campo de la ignorancia para lograr ver el faro de
la Sabiduría complementándose en sí mismas: ¿Quién soy?, ¿Qué soy?...
De repente otra vez el pez que me llama la atención,
pero ya mi organismo requería de su esencia para poder continuar latiendo, y en
unos segundos estaba llenando mis pulmones de aire, revitalizando éste
maravilloso robot llamado cuerpo y que nos ayuda a evolucionar en la continua
experimentación. Mingo sorprendido me preguntó: ¿Muchacho, donde te has
metido?, Tengo un mero, me parece, la mar de grade, y quiero pescarlo, no te
retires mucho.
Quedé arriba un rato pensando lo que me había sucedido
y me sumergí de nuevo moviéndome con libertad hacia todos los espacios, en esa
movilidad que sólo se realiza cuando de verdad te sientes libre, dejando mis
brazos momios y sin acción profundizándose en el vientre de la vida, pero no
veía al pez con reflejos violáceos, sin cola y con forma de hombre en miniatura
que se deslizaba con suavidad por las profundidades de los acantilados. A mi
derecha, retirado, Mingo había logrado su objetivo y de verdad que era bastante
grande. Un poco desilusionado decidí ayudar a mi compañero que gozaba de
satisfacción con el trofeo adquirido.
Manuel Rueda Molina
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