Un
hacendado, en tiempos de hambruna y sequía, poseía varias hectáreas de terreno
fértil dónde obtenía sus cosechas para vender, y tenía vigilantes, guardianes
para sus empleados, trabajando de Sol a Sol, y les obligaba recogieran y a que entregaran
hasta los granos que quedaban esparcidos por el suelo.
Uno de los trabajadores, padre de doce
hijos, todos los días pedía a Dios que las cosechas de su jefe fueran abundantes
para que abriera su corazón a la caridad, y un día recogiendo éste los granos,
vio uno que era diferente: brillaba y de tamaño como una arveja; lo guardó con
cuidado en su zapato para que no se lo vieran y regalárselo a su fiel esposa.
Al otro día cayó enfermo y no pudo ir
al trabajo. Su jefe envió a un vigilante para que se informara lo que le
pasaba. Volvió éste y comunicó que estaba en la cama con fiebre, enfadado el jefe
por el trabajo que no podía hacerle, como de tres hombres juntos, le dio de
Baja para que no volviera más, triste el matrimonio pensando cómo haría para
alimentar a su familia, en los días siguientes a su curación, decidieron ir a
la Capital para preguntar a un entendido lo que había encontrado. Al saber lo
que era y lo que valía, contrató a un capataz para que hablara con el dichoso
Hacendado y comprara todos sus terrenos. Este puso un precio y los vendió junto
con los empleados que tenía, sin saber quién lo había comprado.
Resultó que cuando tuvo en su poder el
dinero, por el valor que puso a su hacienda, unos desarmados lo asaltaron por
un callejón y le robaron todo y sin nada, fue a pedir trabajo al que lo había
comprado y éste lo puso a él sólo a que recogiera los granos y se los llevara,
menos en la parte en la que encontró, el nuevo dueño, el grano—diamante, porque
era un yacimiento sin saber nunca quién lo había encontrado, vivió agradecido
por su benevolencia.
Pidamos valentía y fortaleza para
conquistar el vacío que produce no estar en la Lux, que es lo que hace llenarse
o apegarse a lo material.
Logremos que la Lux de Nuestro Padre o
Maestro Interno nos llene, por estar continuamente amándolo, entonces “rebosará”
ese Amor y nos hará Justos, desprendidos y colaboradores con nuestros semejantes,
haciendo que el Karma Personal y Colectivo sea más llevadero, como nos refería
–JUAN—en su Mensaje de Jesús de Galilea, y que estará en vuestro poder.
Y en estos momentos, en el Silencio de la Vibración del
Maestro, todavía entre nosotros, les deseo la Paz y Felicidad.
Manuel Rueda Molina
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