Cada chispa transporta en sí misma
todo lo necesario para esa toma de contacto con su ascendente realidad. Y, al saltar de la cuna de los tiempos, sintió
la necesidad imperiosa de cubrirse hasta tal punto que fabrica para sí, en cada
situación; un vestido o cuerpo desechable, y apropiado para sumergirse en ese río
interminable de las causalidades que la hace ser grande y, por donde todos
navegamos experimentando y asimilando los resultados de las infinitas
enseñanzas que unos y otros provocamos, aceptando en la madurez el perdón y el
perdonar de las deudas contraídas por las confusas desavenencias entre
nosotros, llamándonos en la ignorancia: enemigos y amigos, resultando que al
encontrarnos repetidas veces en el inexistente final de lo comprensible,
asimilando esa maravillosa fórmula que
posee el Infinito, del nacer y renacer, y en la transformación; todos somos
hermanos en el camino que hacemos más asequible y eterno. Y, por eso se va desvaneciendo lo que,
evidentemente, esas faltas graves que cometemos y las contrariedades de
enemistad y deparatividad acumulan. Pero
llegan a desaparecer porque surge la verdadera unión en la comprensión del
conocimiento adquirido con la utilización del imprescindible vivir y actuar en
el escenario existencial del mundo de las formas donde se altera el
comportamiento del sexo bien en femenino o masculino; puerta que se abre a
tiempos diferentes y comunes formas, con el objeto de poder fusionarnos y
aparecer en alternativas etapas que nos brindan los diversos estados de
conciencia, en los naturales reinos que nosotros mismos formamos y así poder
continuar la evolución tan necesaria
para aceptar las sabias lecciones que nos ofrece la Vida.
Manuel Rueda Molina
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