domingo, 3 de mayo de 2020

FRENTE AL RELOJ DE ARENA...




El Hombre ha ido formándose en la idea de vacío, de sin límites, de siempre o por siempre, de eterno…, y ha querido materializarlo llamándolo tiempo y medirlo. Ha ideado su hábitat para protegerse de la naturaleza que evoluciona al unísono con todos los demás componentes de la Vida materia, la no espiritualizada y con la liberada. 

Se forma una realidad palpable ideando el peso para ir conquistando aquello que está fuera de su alcance, sin saber que todo ello está en él y poco a poco, según va adquiriendo conciencia, va descubriendo lo inmenso de su alcance hasta darse cuenta de que a través de sus experiencias fabrica su sabiduría y la aplica en todo lo que hace, llegando a la bondad o refinamiento de sus actos en la totalidad del conocimiento práctico, que lo hace mejorar en todo lo que realiza, llegando a valorar que una existencia es muy poco para llegar…, pero no sabe hacia dónde se dirige como persona y lo lleva el móvil irrefutable de su crecimiento, pero se encuentra con el concepto  límite y se confunde cuando ve que tiene que atravesar, temprano o tarde la puerta de la mal llamada muerte.

Cuando observa que lo eterno en lo material es el hecho de transmutar, comprende de alguna manera el “dolor”, por experimentarlo de diferentes formas y surge en ello la compasión hacia el otro, la ayuda mutua, brotando en su acción algo nuevo entre sus sentimientos, como en la pérdida de aquel semejante que el péndulo imparable de la muerte se lo lleva…

¿Qué ocurre…? Entonces, todo se le cae y no le queda más remedio que mirar hacia el comienzo de su existir y se da cuenta de que nace y crece con la necesidad imperiosa de expandirse y que, de alguna manera, necesita su alargamiento en este evento y descubre el Amor o esa fuerza, que no es el no poseer como ocurre con todo lo material, sino más bien en unirse, darse para compartir, colaborar, ensamblándose la idea en las dos voluntades y de una manera inconsciente surge la vida en otro ser, creando con su labor el día a día y su mente se enriquece, descubriendo que hay más, algo más que se escapa y se sale de la corriente del ¿Para qué todo esto que almaceno o acumulo si luego se queda? y al compararlo, despierta en su misma realidad buscando la comunicación en el poder contemplar sus inquietudes y observa a su semejante y se ve en él y exclama: ¡No puede ser, si es casi como yo!, diferenciándolo eso, “el casi”, que identifica a todos los de su especie….

¿Qué soy, materia?... pero la materia sola no habla… ¿Quién muere, mi cuerpo?... claro, algo que lo anima y también se aleja de él, lo abandona, y mientras escribo observo en el reloj, que la arena que llegó arriba; que también es vida, se siente atraída por la que llega al fondo del recipiente de vidrio y en la inconsciencia de su caída, se juntan…

¿Se pierde todo, cuando se atraviesa la puerta del nicho?... No, todo no. Porque en ti hay algo más que no lo consideras: el Espíritu y éste hace que se mueva tu Alma, moviéndonos también a todos en la vida eterna y continuada, como lo hacen las partículas que forman la arena que juegan frente a mí, midiendo el tiempo. 




                           Manuel Rueda Molina

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