El Hombre ha ido formándose en la idea de vacío, de sin límites, de
siempre o por siempre, de eterno…, y ha querido materializarlo llamándolo
tiempo y medirlo. Ha ideado su hábitat para protegerse de la naturaleza que evoluciona
al unísono con todos los demás componentes de la Vida materia, la no
espiritualizada y con la liberada.
Se forma una realidad palpable ideando el peso para ir conquistando
aquello que está fuera de su alcance, sin saber que todo ello está en él y poco
a poco, según va adquiriendo conciencia, va descubriendo lo inmenso de su
alcance hasta darse cuenta de que a través de sus experiencias fabrica su
sabiduría y la aplica en todo lo que hace, llegando a la bondad o refinamiento
de sus actos en la totalidad del conocimiento práctico, que lo hace mejorar en
todo lo que realiza, llegando a valorar que una existencia es muy poco para
llegar…, pero no sabe hacia dónde se dirige como persona y lo lleva el móvil
irrefutable de su crecimiento, pero se encuentra con el concepto límite y se confunde cuando ve que tiene que
atravesar, temprano o tarde la puerta de la mal llamada muerte.
Cuando observa que lo eterno en lo material es el hecho de
transmutar, comprende de alguna manera el “dolor”, por experimentarlo de
diferentes formas y surge en ello la compasión hacia el otro, la ayuda mutua,
brotando en su acción algo nuevo entre sus sentimientos, como en la pérdida de
aquel semejante que el péndulo imparable de la muerte se lo lleva…
¿Qué
ocurre…? Entonces, todo se le cae y no le queda más remedio que mirar hacia el
comienzo de su existir y se da cuenta de que nace y crece con la necesidad
imperiosa de expandirse y que, de alguna manera, necesita su alargamiento en
este evento y descubre el Amor o esa fuerza, que no es el no poseer como ocurre
con todo lo material, sino más bien en unirse, darse para compartir, colaborar,
ensamblándose la idea en las dos voluntades y de una manera inconsciente surge
la vida en otro ser, creando con su labor el día a día y su mente se enriquece,
descubriendo que hay más, algo más que se escapa y se sale de la corriente del
¿Para qué todo esto que almaceno o acumulo si luego se queda? y al compararlo,
despierta en su misma realidad buscando la comunicación en el poder contemplar
sus inquietudes y observa a su semejante y se ve en él y exclama: ¡No puede
ser, si es casi como yo!, diferenciándolo eso, “el casi”, que identifica a
todos los de su especie….
¿Qué
soy, materia?... pero la materia sola no habla… ¿Quién muere, mi cuerpo?... claro,
algo que lo anima y también se aleja de él, lo abandona, y mientras escribo observo
en el reloj, que la arena que llegó arriba; que también es vida, se siente
atraída por la que llega al fondo del recipiente de vidrio y en la
inconsciencia de su caída, se juntan…
¿Se
pierde todo, cuando se atraviesa la puerta del nicho?... No, todo no. Porque en
ti hay algo más que no lo consideras: el Espíritu y éste hace que se mueva tu
Alma, moviéndonos también a todos en la vida eterna y continuada, como lo hacen
las partículas que forman la arena que juegan frente a mí, midiendo el tiempo.
Manuel Rueda Molina
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